Siempre somos nosotros quienes conjugamos el verbo.

Quizá ahí empieza parte del problema.

El ser humano no está fuera del ecosistema. Nunca lo ha estado. Somos una especie más dentro de una red extraordinariamente compleja de relaciones, dependencias y equilibrios. Sin embargo, hemos construido buena parte de nuestra relación con el medio natural desde una posición diferente: no como parte del sistema, sino como administradores del sistema.

Hemos convertido el ecosistema en egosistema.

Cuando todo empieza y termina en nosotros

Un egosistema es una manera de entender el mundo en la que el ser humano ocupa el centro. El bosque se conserva porque captura carbono. El río se protege porque proporciona agua. La montaña se preserva porque atrae visitantes. Una especie adquiere valor porque es emblemática, genera turismo o desempeña alguna función que nosotros consideramos útil.

Incluso buena parte del discurso ambiental continúa respondiendo a esta lógica.

Calculamos cuánto podemos visitar, cuánto podemos consumir, cuánto podemos emitir o cuánto podemos alterar sin que el sistema colapse. La pregunta sigue siendo, demasiadas veces: ¿hasta dónde podemos llegar?

Tal vez deberíamos empezar por otra: ¿qué necesita ese ecosistema para seguir funcionando y cuál debe ser nuestro papel dentro de él?

El cambio parece pequeño. En realidad, cambia completamente la perspectiva.

La naturaleza no necesita un director general

Nos hemos acostumbrado a hablar de gestionar la naturaleza. Y, evidentemente, necesitamos gestionar nuestra actividad sobre ella: accesos, residuos, agua, movilidad, infraestructuras, emisiones, capacidad turística o financiación de la conservación.

Pero existe una diferencia importante entre gestionar nuestro impacto y pretender gestionar el ecosistema.

Un ecosistema lleva millones de años funcionando sin nosotros.

Nuestra responsabilidad no debería consistir en decidir constantemente cómo debe comportarse la naturaleza, sino en comprender cómo funciona para decidir cómo debemos comportarnos nosotros dentro de ella.

Eso exige algo bastante menos sofisticado tecnológicamente y, paradójicamente, bastante más difícil: observar, escuchar y entender antes de intervenir.

También significa aceptar que no toda interacción humana con la naturaleza es necesariamente negativa. El ser humano puede formar parte de un ecosistema, relacionarse con él e incluso contribuir positivamente a su conservación. Las comunidades que han convivido durante generaciones con determinados territorios son probablemente la demostración más evidente.

El problema no es nuestra presencia.

Es nuestra posición.

Del control a la relación

Aquí aparece la diferencia fundamental entre egosistema y ecosistema.

En el egosistema observamos la naturaleza desde nuestras necesidades. En el ecosistema entendemos nuestras necesidades dentro de las suyas.

Eso implica abandonar una visión exclusivamente extractiva, también cuando la extracción es turística, y empezar a construir una relación basada en la reciprocidad.

Visitar un espacio natural debería permitir conocerlo mejor. Conocerlo debería generar responsabilidad. Esa responsabilidad debería traducirse en comportamiento, datos, recursos y acciones concretas. Y parte del valor económico generado por nuestra presencia debería regresar al territorio que hace posible esa experiencia.

No como compensación moral.

Como parte natural de la relación.

Porque quizá el turismo regenerativo empiece precisamente ahí: cuando dejamos de preguntarnos únicamente cómo reducir el daño que provocamos y empezamos a preguntarnos qué puede mejorar porque nosotros hemos estado allí.

Una idea que viene de lejos

La contraposición entre ego system y eco system no es nueva. Otto Scharmer y Katrin Kaufer la desarrollaron hace más de una década desde el MIT, especialmente en el ámbito económico y del liderazgo, proponiendo evolucionar de una conciencia centrada en el interés propio hacia otra basada en el bienestar del conjunto.

Su reflexión resulta especialmente interesante cuando la trasladamos literalmente al territorio.

Porque un ecosistema no es una suma de individuos actuando correctamente. Es una red de relaciones.

Y quizá ahí esté una de las grandes limitaciones de cierta sostenibilidad contemporánea: hemos trasladado demasiada responsabilidad al individuo sin revisar suficientemente el sistema en el que ese individuo actúa.

Pedimos al visitante que sea responsable, pero después le ofrecemos modelos turísticos que continúan midiendo el éxito fundamentalmente por volumen. Le pedimos que reduzca su impacto mientras diseñamos infraestructuras, incentivos y modelos económicos que necesitan que cada año lleguen más personas.

Un egosistema puede vestirse de verde. Sigue siendo un egosistema.

Volver a formar parte

Pasar del egosistema al ecosistema no significa renunciar al desarrollo, al turismo o a nuestra presencia en los espacios naturales.

Significa cambiar nuestra posición dentro de ellos.

Medir para comprender. Comprender para decidir. Limitar cuando sea necesario. Contribuir cuando sea posible. Escuchar a quienes viven en el territorio. Devolver recursos a su conservación. Y asumir que proteger un ecosistema no consiste únicamente en evitar destruirlo.